martes, 2 de septiembre de 2008

Tres de la mañana.
Escucho cada calada, el humo entrando y saliendo de sus pulmones con un ritmo lento, acompasado, con intención, sabiendo el daño que se está haciendo, sabiendo el daño que me está haciendo.
El segundero nos acompaña. Tic, tac, tic, tac,...
No hay nada más que decir. El silencio duele.
Las paredes nos observan. Somos dos muebles más en el salón.
Un gato maulla en el callejón. Quizás nos esté pidiendo que reaccionemos. Quizás nos esté diciendo que todavía estamos a tiempo, que podemos olvidarnos de todo, mirar hacia adelante y pensar que todo ha sido un sueño, un mal sueño. Que al despertarnos por la mañana esta noche nos parezca algo muy lejano, una historia que nos contaron hace mucho tiempo y que ocurrió en otro lugar y a otras personas, gentes a las que ni siquiera conocemos. Pero el rencor ha clavado sus garras muy hondo, muy dentro y está pudriéndolo todo.
Nos lo hemos dicho todo. Nos hemos dicho demasiado. Hemos quemado todas las naves y volado todos los puentes.
Nos miramos, ni siquiera nuestros ojos hablan. Nos hemos quedado mudos. Te miro y no te veo. Veo a través de ti. Me duele tanto que ya ni siento.
Ciero fuerte los ojos, y sin quererlo aprieto los puños. Noto como las uñas desgarran mi piel, pero no me importa porque lo que tengo realmente desgarrado es el alma.
Cierro los ojos y no quiero volver a abrirlos nunca más. No quiero volver a ver esa mirada vacía que ni siquiera tiene un reproche.
Cierro los ojos. Los cierro para no abrirlos jamás.
Los cierro y miro hacia adelante.
Los cierro.

2 comentarios:

El Ratón Tintero dijo...
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retje_robar dijo...
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